La coalición reformista superó un escollo importante. Las elecciones pudieron haber sido la estocada de muerte de esa extraña alianza política que se constituyó al arranque del gobierno. No lo aniquilaron porque cada fuerza política pudo colgarse medallas del voto; porque nadie perdió todo, porque nadie ganó todo. A pesar de los cambios en el calendario, las elecciones siguen siendo la coartada periódica del desacuerdo. Si bien es evidente que las elecciones regionales reflejan procesos locales, aquéllas son usadas una y otra vez como pieza del tablero nacional. El azar puso la moneda electoral en sintonía con los intereses de frágil pacto reformista. Puede decirse que ha ganado tiempo pero no que haya vencido sus obstáculos.
El Pacto por México pudo aprovechar oportunidades que parecen imposibles de estabilizar en el tiempo. Invento imaginativo, el Pacto no es solución duradera. La primera ventaja del Pacto fue la sorpresa. En noviembre de 2012 nadie imaginaba la confluencia de las tres principales fuerzas políticas en un programa ambicioso y, a la vez, concreto. Las fuerzas coaligadas actuaron con rapidez y tino. Acertaron en la secuencia de las reformas y fueron capaces de mostrar, muy pronto, los frutos de su acuerdo. Los opositores no tuvieron tiempo de organizarse para la protesta. El pacto conformó un grupo compacto de negociadores que enfrentó adversarios débiles, dispersos y distraídos. Aún dentro de los propios partidos, el pacto pudo imponerse por la velocidad con la que se puso en pie. El vocabulario empleado entonces fue revelador: cambios para la recuperación de la rectoría del Estado. La expresión no era vacía: reflejaba la convicción de la clase política de que los intereses privados necesitaban ser acotados y que sólo a las fuerzas democráticamente representativas correspondía dictar la política pública.
La coalición reformista enfrenta retos nuevos. Ya no queda sorpresa en el Pacto; los opositores han tenido ya tiempo para organizarse y diseñar una estrategia de resistencia; las coincidencias constitucionales tienen que descender a la legislación secundaria. La prisa del impulso inicial ha desaparecido. Si hace unos meses se podía percibir el ímpetu de reformas que se sucedían velozmente, ahora vemos lentitud, vacilación. Si antes era notable la cohesión de un grupo compacto que conducía las deliberaciones en el Congreso, hoy se aprecia nuevamente la complejidad de la negociación parlamentaria. Si antes los grupos afectados por las reformas eran tomados por sorpresa por la determinación de la coalición reformista, ahora los vemos nuevamente librando la batalla por la preservación del status quo.
Las contrariedades del Pacto son, en realidad, las contrariedades del gobierno de Peña Nieto. Difícilmente puede negarse que su barco zarpó bien. Sorprendentemente bien. Pudo librarse de los viejos anclajes, se deshizo con agilidad de algunos fardos del pasado y se alejó rápidamente del puerto. Algunos celebraron que, como ya se había apartado del muelle en el que atracaba, había llegado al destino. No: apenas levó anclas. Pero, por mucho que celebren la prensa extranjera y sus publicistas nacionales, no ha llegado a ningún lado. Vale insistir, las reformas que ha permitido el Pacto por México no son en realidad, reformas. Son, más bien, fundamentos de reformas. No cuestiono que sean buenas plataformas. Digo que son eso: tarimas. No ha habido aún una reforma educativa: tuvimos buena prerreforma educativa.
En esa materia, como en las otras, lo que sigue pendiente es lo complejo: el detalle del que depende el efecto de las reformas tan anunciadas. El panorama del presente es ya distinto al de diciembre del 2012. Los adversarios de la reforma educativa han cerrado filas, mientras sus promotores han perdido sentido de urgencia y dudan. La coalición reformista muestra sus grietas y el tiempo para el acuerdo se agota. Y el Pacto por México sigue siendo el gancho del que cuelga, no solamente la imagen, sino también la estrategia del gobierno federal. ¿Qué será la administración de Peña Nieto cuando, tarde o temprano, ese contrato sucumba? Su naturaleza es evidentemente transitoria: tarde o temprano los partidos se distanciarán y el pacto morirá. ¿Se prepara el gobierno federal para lo inevitable? ¿Nos ofrece un barco a la deriva?
El gobierno de Peña Nieto encontró una estrategia inteligente para salir del muelle. No es claro que tenga un plan de navegación. Al parecer, sigue atado a una única hoja de ruta que mostraba la secuencia de pasos para salir del puerto… no para llegar al destino. El plan para desatracar el gobierno fue exitoso pero es ya insuficiente. Y sin embargo, el gobierno no parece tener más estrategia que soltar amarras. Zarpar no es navegar.
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lunes, 15 de julio de 2013
Zarpar y navegar
lunes, 4 de junio de 2012
Segunda vuelta
México no tiene segunda vuelta para decidir su elección
presidencial. Todo se resuelve en un día. Para ganar no se necesita un
porcentaje mínimo, se requiere simplemente tener más votos que el
segundo lugar. Sin embargo, en nuestras elecciones suele haber dos
tiempos, dos etapas de la competencia.
La primera es una lucha abierta. El puntero se empeña en conservar su delantera mientras sus adversarios luchan entre sí para colocarse en la posición del contendiente.
La segunda etapa arranca cuando es claro quién es el candidato que puede desbancar al puntero.
A partir de ese momento, la competencia se polariza: toda la atención se dirige a los dos sobrevivientes. La tercera fuerza se margina hasta volverse un testigo de la final a la que no pudo clasificar. Cuando resulta claro quiénes son los dos finalistas, muchos votantes se ven ante una disyuntiva compleja: seguir respaldando al candidato que ya no tiene ninguna posibilidad de triunfo o abandonarlo para respaldar la opción que detesta menos. El voto de conciencia puede ser un desperdicio; el voto útil puede sentirse como una vergüenza. El elector sentirá que tira su voto a la basura o que debe taparse la nariz al votar. Esa es la terrible dificultad de quien vota sin entusiasmo.
Las elecciones presidenciales recientes han tenido esas dos fases. Una primera ronda de competencia abierta y una segunda etapa con los finalistas. Vicente Fox ganó el derecho de presentarse como la alternativa a la continuidad priista en la primera ronda de la elección del 2000. En 2006, Felipe Calderón anuló al candidato del PRI para presentarse después como la opción de quienes temían la victoria de López Obrador. En la elección que corre vemos un fenómeno parecido pero sin la nitidez de las finales previas. La polémica encuesta de Reforma publicada el jueves pasado coloca a Josefina Vázquez Mota muy atrás del segundo lugar que ya muerde los talones al puntero. Otros estudios de opinión, sin embargo, mantienen la competencia por el segundo lugar como la fuente principal de incertidumbre en la elección. Consulta Mitofsky, Parametría y Ulises Beltrán registran una diferencia entre segundo y tercero de menos de 4 puntos y una distancia de 16 puntos o más entre el segundo y el primero. Todas coinciden ya en ubicar al PAN como tercera fuerza pero difieren significativamente en la condición de su rezago. Reforma ve una contienda por el oro, mientras las otras casas encuestadoras insisten en que el pleito es sólo por la medalla de plata.
De cualquier modo, la dinámica polarizante empieza a imantar la elección.
De unas semanas a la fecha, se percibe una contienda entre dos: Enrique
Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador. Que así sea, que haya
remontado ya a quien arrancó en segunda posición de acuerdo a todas las
encuestas fiables, que adelante en las preferencias a pesar de la
debilidad de los partidos que lo respaldan, es un inmenso éxito de López
Obrador. El candidato de la izquierda logró en primer lugar, cambiar lo
que se creía inmodificable: su propia imagen. A muchos nos habrá
parecido una sentimentalada reaccionaria y absurda su retórica amorosa
pero sirvió, sobre todo, para cambiar de tono. La primera es una lucha abierta. El puntero se empeña en conservar su delantera mientras sus adversarios luchan entre sí para colocarse en la posición del contendiente.
La segunda etapa arranca cuando es claro quién es el candidato que puede desbancar al puntero.
A partir de ese momento, la competencia se polariza: toda la atención se dirige a los dos sobrevivientes. La tercera fuerza se margina hasta volverse un testigo de la final a la que no pudo clasificar. Cuando resulta claro quiénes son los dos finalistas, muchos votantes se ven ante una disyuntiva compleja: seguir respaldando al candidato que ya no tiene ninguna posibilidad de triunfo o abandonarlo para respaldar la opción que detesta menos. El voto de conciencia puede ser un desperdicio; el voto útil puede sentirse como una vergüenza. El elector sentirá que tira su voto a la basura o que debe taparse la nariz al votar. Esa es la terrible dificultad de quien vota sin entusiasmo.
Las elecciones presidenciales recientes han tenido esas dos fases. Una primera ronda de competencia abierta y una segunda etapa con los finalistas. Vicente Fox ganó el derecho de presentarse como la alternativa a la continuidad priista en la primera ronda de la elección del 2000. En 2006, Felipe Calderón anuló al candidato del PRI para presentarse después como la opción de quienes temían la victoria de López Obrador. En la elección que corre vemos un fenómeno parecido pero sin la nitidez de las finales previas. La polémica encuesta de Reforma publicada el jueves pasado coloca a Josefina Vázquez Mota muy atrás del segundo lugar que ya muerde los talones al puntero. Otros estudios de opinión, sin embargo, mantienen la competencia por el segundo lugar como la fuente principal de incertidumbre en la elección. Consulta Mitofsky, Parametría y Ulises Beltrán registran una diferencia entre segundo y tercero de menos de 4 puntos y una distancia de 16 puntos o más entre el segundo y el primero. Todas coinciden ya en ubicar al PAN como tercera fuerza pero difieren significativamente en la condición de su rezago. Reforma ve una contienda por el oro, mientras las otras casas encuestadoras insisten en que el pleito es sólo por la medalla de plata.
De cualquier modo, la dinámica polarizante empieza a imantar la elección.
La campaña de 2012 está compuesta en otra clave, en una muy distinta a la de hace seis años. Por supuesto, no ha desaparecido el denunciante de corruptelas y oligarquías, no se borró el político que desprecia a las instituciones, pero la entonación de la crítica parece distinta. Algunos ven cansado al candidato de izquierda, yo veo que, más que fatigarlo, el tiempo lo ha suavizado.
Los panistas reeditaron la campaña de denuncia del 2006 para retratar a Peña Nieto como el nuevo peligro para México. La campaña ha sido eficaz: deterioró la imagen del priista y mejoró, como hace seis años, la intención de voto para el segundo lugar. El beneficiario de la campaña negativa del PAN ha sido, sin duda, López Obrador.
Empiezan a darse señales de que la segunda vuelta está en marcha. López Obrador recibe las críticas que antes concentraba en exclusiva Peña Nieto. La geometría de la contienda ha cambiado sustancialmente. El debate que viene, por ejemplo, será radicalmente distinto al previo. El blanco de los ataques será, seguramente el candidato de izquierda, quien recibirá críticas del PRI, del PAN y del otro.
El nerviosismo de los panistas ante la anulación de su candidata se hace notar: alguno minimiza el riesgo de que el PRI recupere el poder, otros advierten del peligro de apoyar a López Obrador por la inercia del antipriismo.
jueves, 15 de diciembre de 2011
Escenarios y actores en 2012
En 2011 todos los acontecimientos políticos importantes fueron
vinculados con los posibles escenarios de la sucesión presidencial. En
particular, las elecciones locales fueron vistas como laboratorios de lo
que acontecería el próximo año.
La atmósfera política perfiló diferentes posibilidades, pues si bien
el PRI se hizo de cuatro gubernaturas, el PRD se afianzó en Guerrero y
el PAN ganó en Baja California Sur.
No obstante, el ambiente político está enrarecido por la presencia
del crimen organizado en los comicios. Cada vez es más claro que es un
actor a tomar en cuenta, al menos en los contextos locales. El problema
es que llegue a contaminar una elección nacional, con lo que se estaría
ante una situación muy peligrosa y descontrolada, que pondría en jaque a
todas las instituciones políticas del país.
Por lo pronto, los partidos políticos adelantaron su proceso interno y
hoy, antes de que inicien los tiempos formales de las precampañas,
tanto la izquierda como el PRI han definido a quién será su candidato.
Ante la decisión de que Andrés Manuel López Obrador fuese el candidato
de la izquierda, el PRI también hizo lo propio al quedarse solo en la
carrera Enrique Peña Nieto. En cuanto al PAN, aunque las cosas no están
definidas del todo, los tres aspirantes se encuentran dedicados a
promoverse como si ya estuviesen en el proceso de selección del
candidato.
Por ahora es difícil hacer un pronóstico, pero hacia el próximo año
ya es posible prefigurar al menos tres escenarios en torno a la elección
presidencial. Desde luego, en este momento no sería sino una mera
especulación, pero que se sostiene a partir de los resultados
electorales de 2011, de las encuestas (muchas de ellas a petición de
parte) y de las expectativas que se vienen generando con los que serán
los candidatos.
El primer escenario es que se repita lo sucedido en el Estado de
México, en donde el candidato del PRI superó con una gran diferencia a
los otros dos aspirantes. Si en julio del próximo año se sigue
manteniendo la ventaja que lleva Peña Nieto en las encuestas, este
contexto será altamente factible y tanto las izquierda como el PAN se
quedarían peleando un lejano segundo lugar. Como las posibilidades de
que hubiese una alianza entre el PAN y el PRD quedaron enterradas, que
esta situación se pudiese presentar no es del todo descartable.
Sin embargo, el proceso en el estado del ahora abanderado del PRI no
tiene por qué repetirse ni sostenerse en otras entidades. Si bien es un
candidato conocido, tendrá todavía que hacer una campaña para difundir
sus propuestas, pues los electores no se van a conformar solamente con
su campaña mediática y la promoción de su imagen. Por lo pronto, habrá
que ver qué tanto sostiene su ventaja en las encuestas, al menos hasta
que inicien formalmente las campañas.
Un segundo escenario es que uno de los candidatos opositores a Peña
Nieto rebase con mucho al otro y que la elección se polarice entre dos
fuerzas políticas. Esta posibilidad dependerá de que López Obrador se
recupere y deje atrás su imagen negativa o de que el candidato panista
remonte la mala imagen que han dejado las gestiones de los gobiernos de
Vicente Fox y Felipe Calderón.
Un tercer y último escenario es que la contienda, como recientemente
sucedió en Michoacán, se presente en tercios, en donde ninguno de ellos
obtenga amplia mayoría y se termine con un final de fotografía. Esto
implicaría que cada uno de los candidatos se fortaleciera en algunas
regiones del país y tuviera por lo tanto capacidad competitiva. Si
consideramos que las tres fuerzas políticas pueden construir diferentes
bastiones en el país, la eventualidad de los tercios podría hacerse
realidad.
Cualquiera de estas posibilidades tiene sustento en la realidad
política, mucho de ello debido a la poca memoria política de los
ciudadanos, los cuales se encuentran deseosos de cualquier expectativa
que pueda remontar la negativa situación en la que se encuentra el país.
Empero, cualquiera de los escenarios que prevalezca va a propiciar
una difícil situación para la gobernabilidad del país. Por las
experiencias recientes, las elecciones no parece que puedan resultar del
todo pulcras y el manejo de recursos públicos para la compra del voto
todavía es una práctica difícil de retraer y disminuir. Parece que
cualquiera que sea el candidato triunfador, tendrá que remar contra la
corriente de la falta de legitimidad. Es una situación indeseable pero
muy próxima a presentarse nuevamente.
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