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martes, 22 de mayo de 2012

Periodismo muerto

El periodismo es, por naturaleza, un oficio vanidoso. O, si me apuran, una profesión repleta de vanidosos. Una vanidad que nos ha impedido, en la mayoría de las ocasiones, mirar con sentido autocrítico hacia dentro con el objetivo de readaptar nuestro papel en la sociedad. Hoy hemos perdido nuestro lugar en ella, no sólo por no disfrutar del tan preciado monopolio de la información con el que tan cómodos nos sentíamos, sino por la pérdida del prestigio y credibilidad imprescindibles para esa noble tarea.
Por eso, hoy más que nunca es necesaria la autocrítica. Necesaria para contemplar lo excesivamente bien valorados que nos tenemos a nosotros mismos. Hemos recibido durante años un cheque en blanco de la sociedad tan peligroso que nos hemos creído con la potestad de juzgar en el nombre de la libertad de expresión y de información. En la mayoría de las ocasiones, no contamos las historias que suceden a diario para explicarle a los ciudadanos lo que ocurre a su alrededor, sino que tratamos de decirle a éstos cómo y qué tienen que pensar. Pese a todo, no somos jueces ni un poder en sí mismo ni estamos en posesión de la verdad absoluta.
Autocrítica para desterrar de una vez un periodismo de trinchera que no hace más que agrandar la distancia entre la sociedad y los medios de comunicación. Decía hace poco la ya ex Defensora del Lector de El País, Milagros Pérez Oliva, que no hay nada más triste para el periodismo que ver cómo los ciudadanos se ven en la obligación de acudir varios medios y, a través de una media aritmética, hacerse una idea de la realidad. ¿Hasta cuándo los hechos dejarán de ser una mercancía manipulable para ser un bien sagrado?
Autocrítica para corregir esa cercanía con el poder que tanto daño nos está haciendo. En muchas ocasiones, escribimos para el político de turno, el anunciante de turno o el consejo de administración de turno. Nos olvidamos de que nos debemos a los ciudadanos y que nuestra tarea siempre tiene que tener a ellos como el horizonte. Hay que saber encontrar la distancia ideal entre el periodista y el poder o los propios hechos para estar lo suficientemente alejado como para no perder la perspectiva y lo suficientemente cerca como para poder olfatear la noticia.
Autocrítica para convencernos a nosotros mismos de que la carrera del último minuto es un arma de doble filo. Hay que valorar en su justa medida esa tendencia, pues en la mayoría de las ocasiones es preferible no llegar el primero pero contar bien la historia. La excesiva velocidad también puede matar al buen periodismo.
Autocrítica para darnos cuenta de que nos hemos olvidado de las historias inspiradoras, de superación, que sirvan de ayuda a los que realmente lo están pasando mal. Nos hemos instalado en la creencia de que hay que poner el foco exclusivamente en lo negativo que es, a la postre, lo noticioso o lo que creemos que nos dará lectores. Un craso error que nos lleva al círculo vicioso en el que nuestro trabajo pierde gran parte de la utilidad social que se le supone.
¿Quiere decir esto que se hace un mal periodismo? En absoluto. Hay mucho y muy buen periodismo todos los días y en el que también hay que poner el acento. Pero también hay mucho que mejorar y eso sólo se consigue a través de la autocrítica, de la reflexión pausada sobre nuestro papel en la sociedad y sobre lo que estamos haciendo hoy para cumplirlo.
La tormenta perfecta en lo económico pasará, pues se encontrará un modelo de negocio firme pese a las dificultades (otra cuestión será el número de bajas que acarreará). La revolución tecnológica seguirá cambiando, poco a poco, la forma de contar historias (y de consumirlas), pero acabaremos adaptándonos. Pero lo que tiene que llegar es una autocrítica con la que empezar de cero, con la que zarandear conciencias para seguir siendo útiles a la sociedad, para seguir contando, contextualizando, explicando… Sin ella, el periodismo en mayúsculas, aquel que es tan necesario en un mundo cada vez más complejo, está condenado a morir.

sábado, 17 de marzo de 2012

10 mandamientos electorales.

Y el Señor le dijo a Alejandro: “Alista tu iPad, que te voy a dictar las reglas que han de seguir tú y tu pueblo para elegir al ungido”.
Y Alejandro se levantó de mañana y acudió a un lugar entre pinos, como le mandó el Señor, y llevó en su mano dos tabletas (llevaba una de repuesto por si se le acababa la batería).
Y el Señor bajó de los cielos (andaba en su helicóptero haciendo actividades no proselitistas) y le habló así a su ciervo (con c, porque de cariño le decía “venadito”):
1. Continuarás con la sagrada alianza con el IFE para asegurar la seguridad y tranquilidad del proceso: la seguridad de que podrás manipularlo y la tranquilidad que da el ejercicio absoluto del poder.
2. Evitarás que el crimen organizado se infiltre en el proceso electoral. No vaya a ser que aprenda malas mañas de los partidos políticos o que los candidatos sientan que les están haciendo competencia desleal.
3. No harás mal uso de los programas sociales con fines electorales. Solo harás buen uso de ellos; es decir, los utilizarás para garantizar que únicamente sea elegido aquél que teme mi nombre y que acatará mis designios.  
4. Para que la elección se realice sin contratiempos, habrás de instalar grupos de trabajo en la administración pública y así garantizar que ningún empleado gubernamental realice tarea alguna en beneficio de la ciudadanía.
5. Haz que todos sospechen de todos y que denuncien ante la Fepade la paja en el ojo ajeno, pero no vean el aserradero en el propio.
6. El signo del proceso habrá de ser tu estrecha colaboración con el IFE: que no dé un paso sin sentir tu sombra omnipresente e intimidante.
7. Cumplirás con las normas y tiempos establecidos por el IFE para difundir campañas, pero no dejarás que eso impida que ejerzas tu divino derecho a pregonar, enaltecer y exagerar tus logros. No vaya a ser que tu pueblo se dé cuenta de que pecaste de indolencia y pierda la fe.
8. Habrás de garantizar la seguridad de los distintos candidatos. ¿Y qué candidato es el único distinto? Aquél que no puede ser nombrado varón. Pero no has de descuidar a los otros: no vaya a ser que alguno, sabiéndose derrotado, enloquezca, se inmole y se vuelva mártir. Y una vez fenecido, todos sus defectos se convertirán en virtudes. Ya nos ha pasado antes y, créeme, no hay forma de ganarle a un muerto.
9. Habrás de estar en contacto con los líderes de todas las tribus políticas para estar al tanto de sus intenciones malévolas y asegurarte de que no rompan la ley. Al menos no antes que tú.
10. Estarás en constante comunicación con las autoridades electorales de toda mi gran nación para asegurarte de que saben que tienes el poder de castigar al que te ofende y recompensar al que te complace. Hazles saber que servirte a ti es servirme a mí, el Todopoderoso.”
Así habló el Señor a Alejandro. Y aconteció que Alejandro descendió del lugar entre pinos con las tablas en la mano y su rostro resplandecía (había olvidado ponerse bloqueador solar). Después convocó a todos los hombres y mujeres de las cámaras y los micrófonos, y ellos se acercaron a él. Y él les dijo: “Este es el Decálogo que me ha dado el Señor”. Y repitió las palabras de fuego que el Todopoderoso le había dictado.
Y al conocer la Palabra, los hombres y mujeres del pueblo vieron que la profecía se cumpliría: el Ungido sería elegido como lo habían hecho sus padres y los padres de sus padres: como había sido siempre, como siempre sería.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La miopía de lo político

Aceptemos por un momento la ficción de que esta semana cumplimos doscientos años. Démosla un momento por válida, aunque se entienda bien que las naciones no son criaturas paridas entre gritos, en una noche. Las metáforas nos ayudan a entendernos, en la medida en que sepamos que lo son. La idea del cumpleaños de las doscientas velas es útil porque nos permite pensar en México. Los dos siglos podrían ayudarnos a expandir la mirada, a reflexionar de un modo distinto sobre la casa común. Lo digo no solamente porque el horizonte de un tiempo largo ofrezca la perspectiva que nos urge, ese sentido de proporción que hemos perdido, atrapados por la urgencia del día. Lo digo también porque los siglos nos permitirían también superar la miopía de lo político. 
La política nos ha hecho miopes. Ha querido que su obsesión por el poder sea nuestra. Ha querido imponernos su mirada y, en buena medida lo ha logrado. Pensar la vida de México desde ese marco que enfoca gobiernos, caudillos, congresos, leyes, constituciones, proclamas, revoluciones, presidentes. Lealtades y traiciones; patriotismo y enemigos. Sólo importa lo que cabe en sus categorías y en sus pleitos. Desde luego que ésa no fue la única voz del bicentenario, pero fue la predominante: la nación como pelota en el juego de la política. La nación como fruto de un patriótico furor destructivo. La peor contribución del bicentenario fue el haber insistido en esa lectura de México. Se reinstaló entre nosotros el vocabulario de la épica: los héroes y sus gestas; los padres de la patria y sus sacrificios; los prohombres y sus proezas. Es cierto que, a diferencia del primer centenario, no se usó la conmemoración para enaltecer a un hombre, pero se ha usado para glorificar el mismo quehacer: la política. Se ha usado para comprenderla en clave dramática: una política cocinada con violencia y sangre, preparada con el sacrificio de los mártires. No celebramos la política estable y constructiva (esa que la vieja y la nueva historia oficial desprecian) sino la política de la ruptura. La cara más grotesca de esta idolatría es que el gobierno federal nos haya invitado a rendir homenaje a los huesos de los insurgentes. Espectáculo abominable para la macabra autocelebración de la política.
Es vanidad de la política asumirse como hacedora exclusiva de la nación.
Por eso se habla de los “padres de la patria,” como si una amiba fuera, de pronto, felizmente fecundada por el heroísmo que la transforma en una sociedad con cuerpo y rumbo. Los héroes obsequiándonos la patria para que todos los septiembres les demos las gracias. Pero si celebramos la casa común habría que apreciar otros albañiles: no los de la sangre y la muerte, no los de la asonada y el arrojo, sino los constructores cotidianos de un espacio que reconocemos, a pesar de todo, como nuestro. México empezará su tercer siglo con lacras profundas y muy viejas; también con problemas nuevos y muy amenazadores. Una historia hiperpolítica y belicosa nos ayuda poco a entendernos y a encarar nuestros retos. Nos hace falta aprender de la modestia de las pequeñas conquistas. Apreciar los provechos de la construcción, por encima de las emociones de la demolición. Bien dice Gabriel Zaid que México no nació hace 200 años, con una guerra. “Los verdaderos padres de la patria no son los asesinos que enaltece la historia oficial, sino la multitud de mexicanos valiosos que han ido construyendo el país en la vida cotidiana, laboriosa, constructiva y llena de pequeños triunfos creadores.”
No niego que esos pequeños triunfos creadores conquistados sin sangre y sin violencia han modificado la manera en que se accede y se ejerce el poder. No ignoro la novedad histórica que significa el régimen democrático. Creo que debemos apreciar que, a finales del siglo XX, el país dejó de ser propiedad de un hombre. Esas victorias son los avances de la competencia electoral, los nuevos contrapesos del poder, las conquistas de la publicidad, la independencia y la crítica. Pero esos avances palidecen frente a la persistencia de los males ancestrales y la aparición de nuevas amenazas. No es mezquindad advertir que democracia se estanca, la barbarie regresa, la escuela está en ruinas y el país carece de rumbo. El bicentenario nos atrapa en el desánimo. Y a pesar de todo, México es la casa de millones. Existe. El tercer siglo de México es la oportunidad para pensarnos sin esa onerosa obsesión por la política dramática y pensar la nación sin los falseamientos de la declamación nacionalista.

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